viernes, 12 de septiembre de 2014
FRAGMENTOS DESCUIDADOS
Me decían mis amigos que tenía que prestar más atención. Se me caían en la calle las ideas, los verbos y las oraciones más sencillas. Perdía todo el tiempo párrafos enteros intentando relaciones imposibles, naufragando emocionalmente entre interjecciones violentas llenas de ira que me lastimaban.
Y eso que me lo repetían. Pero a parte de ir perdiendo trozos de relato a cada paso, soy cabeza dura. Son dos certezas a las que puedo aferrarme ante el vacío.
Una tarde había tomado la decisión de madurar, de mostrarles a mis queridísimos amigos de toda la vida que podía ser más rigurosa y salí a su encuentro. Me aseguré de cerrar con botones y cremalleras las reflexiones más profundas, de abrigar con una bufanda muy suavecita esos finales tan tristes, y acepté verlo.
No puedo decir que logré gran cosa, más bien me repetí a mí misma como algunos estrofas de algunos poemas, marcando un ritmo mortal. Casi no hablé y sin darme cuenta él estaba levantando del suelo dos sustantivos y dos pronombres, y un verbo prohibido que hubiera preferido que no viera jamás. En sus manos, eran poca cosa. Me escribía diferente y me di pena.
Cuando se acercó, tuve pánico. Comencé a correr hasta la primer plaza que vi. Ahí, sentada en un banco de cemento frío me dejé caer desilusionada y apreté la bufanda contra mi garganta para no pensar más.
Patricia Bustelo
19 de julio 2014
MI RELATO
Leí un relato maravilloso que me conmovió
Me sentía feliz como nunca en mi vida.
Decidí entrar y formar parte.
Era un personaje secundario, pero eso no lo sabía en ese momento.
Mi destino sería breve, aunque yo vivía cada línea como acción principal.
En la segunda página, comencé a sentir cómo me desplazaban de la trama. Empujándome hasta caerme totalmente del relato, de la hoja, golpeándome contra la mesa.
Una caída dolorosa que terminó con mi ego fracturado y una intervención quirúrgica compleja.
Desde la mesa, diminuta, no podía leer cómo seguía la historia, y lloré amargamente.
Como personaje secundario abordé la imposibilidad en su mayor expresión.
Busqué otro relato.
Me subí sin mayores pretensiones.
Navegué entre las líneas, actuando desinteresadamente hacia el exterior, sintiendo un gran temor en las entrañas.
Pasaron las páginas y me hice compleja, profunda y pensativa.
Todo hablaba de mí de pronto y no entendía nada.
Prefería permanecer en la sombra para evitar caerme del relato y desengañarme por segunda vez. Un bajo perfil, me decía a mí misma. Un bajo perfil....
Pero en los relatos los personajes no deciden quiénes son, ni qué harán.
Súbitamente, estaba en el centro, abriendo y cerrando situaciones, haciendo que las oraciones fluyeran como mis propias venas, latiendo en mí con la mayor verdad posible.
Entonces cuando supe que era un personaje principal abrí los ojos de par en par y vi la palabra fin abajo de mis pies dejándome desnuda y desamparada, con un frío que hiela la sangre.
Patricia Bustelo
19 de julio de 2014
sábado, 19 de mayo de 2012
Un invierno con sol
Me convertí en héroe accidentalmente. No queriendo con todas mis fuerzas, incluso, si se puede confesar, haciendo lo imposible por evitarlo. De pronto, para mi sorpresa y desagrado, toda la oficina consideraba que era un verdadero mesías. Tenía pocas opciones, según mi parecer, en esos momentos. Hice un razonamiento práctico con ánimos de deshacerme de la situación lo antes posible. Podía asumirme mesías sin culpa alguna y actuar del modo que todos esperaban para mi nuevo cargo, o bien, buscar decepcionarlos, negarlo y convertirme en lo contrario. En ambos casos no sería yo. Luego de darle muchas vueltas en mi cabeza lo dejé a la suerte. Elegí una moneda de un peso y la arrojé al aire. Al caer por la cara supe que me tocaba ser el mesías que todos necesitaban que fuera.
La palabra mesías resonaba incómoda, no encontraba hueco dentro de mi cabeza llena de otros temas alejados a cualquier grupo de sentido religioso o espiritual. Mesías sonaba a iglesia, a líder y a verdades, todas ellas ajenas a mí. Entré por la puerta principal como todas las mañanas pero con aire de mesías. Logré incluso apretar el botón del ascensor como un mesías y finalmente decir un buenos días elegante a la recepcionista tal y como lo hubiera hecho un mesías.
Noté que mis compañeros me consultaban todo tipo de decisiones, raro ya que no era particularmente considerado para nada en especial dentro del área de trabajo. Hacía diez años que trabajaba en esa empresa y era la primera vez en que todos notaban mi existencia para algo más importante que para el control de las notas de débito. Ese lunes eran un tema menor, y mi talento era requerido para temas más importantes, servía de consultor de finanzas, comercial e incluso colaboré con un tema personal de la directora de recursos humanos. Sin decir nada, simplemente al escucharla, ella se sintió aliviada. Sentía que ese milagro que ellos percibían era ridículo e irreal, pero no podía detenerlos. Cuando ella salió de mi despacho llorando de alegría, gritando que yo era un elegido, tuve miedo. La certeza de que eso terminaría mal era la primera verdad que había enfrentado en mi vida, y no había que ser un mesías para verlo.
Los días transcurrieron y terminé asesorando a toda la empresa en temas profesionales y personales pero lo extraño era que el ascenso no llegaba. Había asumido el rol de mesías a disgusto con la sola intención de sacarle algún provecho pero a pesar de que todos parecían felices y satisfechos yo me sentía igual que antes o peor, considerando que tenía que escucharlos a todos, y llegaba a casa agotado y saturado por la excesiva compañía. Tontamente, había pensado que ese lugar de elegido tendría alguna recompensa económica, un nuevo cargo dentro de la empresa, un aumento de sueldo, algo por el estilo, pero no. Me había equivocado de lleno, y simplemente me cargaba más de trabajo. Si al principio no había querido asumir mi lugar de mesías, mucho menos ahora que había comprobado que era un problema más que un privilegio. Comencé a idear la forma de deshacerme del rol. Pasado un mes parecía fácil desintegrar esos ropajes de mesías y volverme a vestir como el empleado de administración que siempre había sido. También me equivoqué. Cada día me sumía más dentro del rol y la gente se acostumbraba más a verme y consultarme. Me vistieron de experto en paquete office simplemente por sentarme al lado del técnico en informática y mirarlo trabajar, luego me vistieron de sensible todas las mujeres de la oficina, decían que tenía mi lado femenino altamente desarrollado solamente por ejercer mi cansancio y callar. Yo sentía que dormía con los ojos abiertos y ellas que tenía una escucha maravillosa. Quizás por el cansancio excesivo caí enfermo. Tuve una fiebre altísima y guardé reposo en cama por dos semanas. En la oficina todo era un caos. Lo supe porque me enviaban mails contándome la falta que les hacía, llamaban a mi teléfono móvil sin descanso y cuando no atendía enviaban sms. La fiebre no cedía, me sentía débil, y mi cuerpo sólo respondía al sueño profundo. Creo que llegué a dormir días enteros por aquella época. El primer día en que me sentía más fuerte salí de la cama y lo vi todo claro. Nadie había venido a visitarme, nadie se había ofrecido a cuidarme durante mi estado convaleciente. Ser un mesías no pagaba nada bien.
El médico dijo que podía volver a trabajar y al pronunciar esas palabras volví a caer enfermo por otras dos semanas. Mi hermana, que vivía en Canadá, me había llamado y al ver mi estado estaba preocupadísima. Eso para ella era llamar una vez durante cinco minutos y luego enviarme un mail cuyo contenido se limitaba a un “cuídate”. En otro momento de mi vida eso me hubiera parecido descuidado, abandónico pero en esos momentos lo sentí hermoso, bello. Como esas verdades reveladas que ponen todo en su sitio de una vez. Ella me trataba como siempre lo había hecho, ella era la misma porque yo era el mismo para ella. Extrañaba horrores ser el empleado administrativo de créditos y cobranzas. Añoraba ser el ser invisible que no entraba en los rumores de despido ni tampoco en las listas de brillantes prospectos con plan de carrera. Nunca me había sentido más solo que en esos momentos en que no era yo. Mientras leía una novela para olvidarme un poco de mi falta de identidad, recibí un nuevo sms de la directora de recursos humanos. Lo leí inercialmente, sin ponerle demasiada atención y vi que no era una consulta, ni un pedido de ayuda sino un preaviso o amenaza, como se quiera ver, de despido.
Lo leí y releí.
El lunes me levanté de la cama aún débil, me puse mi traje gris, y tomé un taxi. Al llegar a la oficina tres compañeros de finanzas me tomaron del brazo y me empujaron hasta la cocina. Allí, al lado de la máquina de café me golpearon con fuerza en el estómago y en la cara. No logré preguntarles por qué era víctima de ese ataque feroz y desprevenido. Sin fuerzas, había perdido peso durante esas semanas en cama, me levanté con dificultad y me acerqué al despacho de recursos humanos. La directora me miró y sin esperar a que yo dijera una palabra me hizo un ademán para que entrara. Una vez dentro, me despidió.
Salí adolorido de la oficina una hora después. Era temprano, y no parecía invierno. El sol sobre la cara me resultaba amable, me daba esperanzas. Caminé lentamente hasta el parque y me alegró ver a la feria ambulante con sus puestecitos llenos de artesanías. Levanté la solapa de la americana y encendí un cigarrillo. Definitivamente sería un invierno con sol, tal y como habían predicho en la tele.
Patricia Bustelo
Mayo 2012
miércoles, 15 de febrero de 2012
lunes, 16 de enero de 2012
Dejen de decir pavadas
Salió corriendo, sin dirección. El calor era tan intenso que los árboles tenían las hojas caídas, mustias. Corría inercialmente, por esas calles de piedra, estrechas, de ese pueblo desconocido. Sudando llegó hasta el templo, y allí, se detuvo. El aire fresco venía de dentro, oscuro y sombrío, pero fresco. Lloró por primera vez, amargamente, en silencio. Nadie lo escucharía, todos estaban dentro de sus casas, y aún así contuvo la congoja. Era un pueblo abandonado y él se abandonaba a su dolor. Su camisa estaba húmeda por el sudor, su cabello se pegaba a la nuca, le picaba la piel. Entró decidido y dentro del templo, gritó hasta quedarse sin voz.
Patricia Bustelo
Noviembre 2011
Patricia Bustelo
Noviembre 2011
Daba bronca
Daba bronca, que indefectiblemente, en los cuentos orientales alguien siempre aprendiera algo. Daba bronca, que pasara lo que pasara siempre tuviera un motivo. Su vida no era un cuento oriental, estaba claro. Sumando y restando horas, la cuenta no daba. Daba incluso más bronca, que en los cuentos orientales los personajes estuvieran vivos de la mejor forma, sin existir, y sin embargo vivos. Él no era un personaje de cuento oriental, sin dudas. Con su caminar vulgar, de vida vulgar y sin detalles simbólicos. Se representaba a sí mismo real, alejado de cualquier metáfora profunda. Daba bronca, que los cuentos orientales le gustaran tanto, y al cerrar el libro, todo ese mundo de olores y paisajes lejanos, se escondieran en algún lugar hermético. Caminando y sin más, daba bronca. La vida le debía esa oportunidad y él la reclamaría, a su tiempo.
Patricia Bustelo
Noviembre 2011
Patricia Bustelo
Noviembre 2011
Chaqueta marrón
Entre las hojas del libro se dejaba ver un poco de tela marrón que reconocí inmediatamente. Era su chaqueta la que asomaba irregular, arrugada, haciendo que el libro no se pudiera cerrar.
Imaginé que se había tirado adentro y que su chaqueta se había quedado desafortunadamente atascada. Tironeé un poco de la tela y no logré sacarlo, estaba dentro, muy dentro. Insistí, no podía resignarme, y la tela cedió bruscamente hasta mi, pero sin él.
Me quedé mirando la chaqueta vacía y la arrojé con furia sobre el sillón. Jamás volvería. Por la noche no tenía noticias, me desvestí despacio y tomé el libro entre mis manos. Quemé las horas arrancando cada una de las hojas de ese libro. Quemé las hojas también, que reducidas a cenizas cubrieron mis piernas, pintaron mi cara y lloré.
Patricia Bustelo
Noviembre 2011
Nada es a propósito
Arrancó las cortinas mientras caminaba por la casa nerviosa, respirando agitada. Se tropezaba con la tela que hecha un bollo, iba pisando sin querer.
A través de la ventana, el vecino la miraba, desde su balcón, con su cigarrillo en la mano, dejándolo consumir, adivinando lo que ella sentía. Se detuvo para mirarlo también. Fueron segundos, y él entró después de tirar el cigarrillo a la calle. Con las cortinas en sus manos, observó cómo caía encendido, estrellándose en la vereda. No se apagó. Humeó incluso un poco más como algo pendiente.
No fue por el cigarro, ni por nada en particular. No fue por la molestia de la tela arrastrándose, incontenible, desbordando de sus manos. Se asomó al balcón, dejando medio cuerpo colgando en la baranda de metal y arrojó las cortinas que cayeron haciendo olas en el asfalto.
Patricia Bustelo
Diciembre 2011
A través de la ventana, el vecino la miraba, desde su balcón, con su cigarrillo en la mano, dejándolo consumir, adivinando lo que ella sentía. Se detuvo para mirarlo también. Fueron segundos, y él entró después de tirar el cigarrillo a la calle. Con las cortinas en sus manos, observó cómo caía encendido, estrellándose en la vereda. No se apagó. Humeó incluso un poco más como algo pendiente.
No fue por el cigarro, ni por nada en particular. No fue por la molestia de la tela arrastrándose, incontenible, desbordando de sus manos. Se asomó al balcón, dejando medio cuerpo colgando en la baranda de metal y arrojó las cortinas que cayeron haciendo olas en el asfalto.
Patricia Bustelo
Diciembre 2011
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Una porno
Por casualidad, y en el peor de los momentos, recordé a la artista porno enana. Rubia de bote, paticorta, naturalmente, y con poco pecho. Ese pechito en punta de paloma, ese pechito casi infantil que me da pena. Ahora que la recordé no podré quitármela de la cabeza en todo el día. ¡Maldición!.
Mientras me sirvo café y leo una revista, la enana se cuela. No tengo demasiada fuerza para quitarla, arrojarla a la trituradora de papel. La veo en foto, en video, la veo todo el tiempo. La artista porno enana tiene una musculatura envidiable, como una pequeña fisicoculturista se contornea en la cama, al tomar el miembro entre sus manos y acercando su boca con lascivia exagerada. Pienso que exagera para sentirse más grande. Definitivamente no es una marca de dirección. Le perdono el grotesco, le perdono las venas hinchadas de sus ante brazos, le perdono el pelo quemado por miles de tinturas de mala calidad, le perdono los zapatos de tacón brillantes, con purpurinas de muñeca. Doy un mordisco a la tostada, y mastico como una autómata para borrar señales fuera de esa rutina. Me engaño siempre con las mismas tonterías. Menos mal que nadie lo sabe. Sonrío apenas al pensarlo y entra la enana, empujando sin educación, me toma la mano, me mira a los ojos y me pide más. Su boca húmeda me da asco y cierro fuerte los ojos, sigo cerrándolos.
Patricia Bustelo
Noviembre 2011
Mientras me sirvo café y leo una revista, la enana se cuela. No tengo demasiada fuerza para quitarla, arrojarla a la trituradora de papel. La veo en foto, en video, la veo todo el tiempo. La artista porno enana tiene una musculatura envidiable, como una pequeña fisicoculturista se contornea en la cama, al tomar el miembro entre sus manos y acercando su boca con lascivia exagerada. Pienso que exagera para sentirse más grande. Definitivamente no es una marca de dirección. Le perdono el grotesco, le perdono las venas hinchadas de sus ante brazos, le perdono el pelo quemado por miles de tinturas de mala calidad, le perdono los zapatos de tacón brillantes, con purpurinas de muñeca. Doy un mordisco a la tostada, y mastico como una autómata para borrar señales fuera de esa rutina. Me engaño siempre con las mismas tonterías. Menos mal que nadie lo sabe. Sonrío apenas al pensarlo y entra la enana, empujando sin educación, me toma la mano, me mira a los ojos y me pide más. Su boca húmeda me da asco y cierro fuerte los ojos, sigo cerrándolos.
Patricia Bustelo
Noviembre 2011
No cambió de asiento
Le pedí que al hablar no me escupiera. Se hizo un silencio y pensé incluso que se iba a cambiar de asiento. No hizo nada. Me sequé la cara con la manga de la chaqueta, con aires de falsa superación, me acomodé en la silla y miré hacia adelante, ignorándolo. Él ya me ignoraba hacía rato. Me inventé que era yo la que tomaba las decisiones, la que luchaba, la que sufría. Me inventaba todo.
Mirando hacia adelante, la vida parecía otra. Si realmente me concentraba en los objetos, en los pasajeros del tren que caminaban por el pasillo, buscando asiento, ventanas abiertas para respirar mejor, la vida parecía otra de verdad. Luego, cerrando los ojos era la que yo sentía, la inventada.
Sentí frialdad en su cuerpo (es una sensación que experimento con frecuencia, sintiendo los músculos del otro tensos, o demasiado relajados) y me dolió algo adentro. Miré hacia el costado, cómo buscando una calle, despreocupada, y hubiera gritado con todas mis fuerzas, pero no sabía qué y no podía pensar porque el tren con su ritmo me descolocaba, el tren en su cadencia, desplazaba mi angustia que corría, fluía rápido, a destiempo, y pensé en decirle algo, aunque ya era conocido por los dos que era inútil hablar.
Hubiera jurado que mirando hacia adelante podía entrar en la vida real, en la que todos se movían al compás de la materia, de la naturaleza y del aire. Hubiera pedido de rodillas entrar. Pero cerré los ojos. La vida inventada era mi única alternativa.
Patricia Bustelo
Noviembre 2011
Mirando hacia adelante, la vida parecía otra. Si realmente me concentraba en los objetos, en los pasajeros del tren que caminaban por el pasillo, buscando asiento, ventanas abiertas para respirar mejor, la vida parecía otra de verdad. Luego, cerrando los ojos era la que yo sentía, la inventada.
Sentí frialdad en su cuerpo (es una sensación que experimento con frecuencia, sintiendo los músculos del otro tensos, o demasiado relajados) y me dolió algo adentro. Miré hacia el costado, cómo buscando una calle, despreocupada, y hubiera gritado con todas mis fuerzas, pero no sabía qué y no podía pensar porque el tren con su ritmo me descolocaba, el tren en su cadencia, desplazaba mi angustia que corría, fluía rápido, a destiempo, y pensé en decirle algo, aunque ya era conocido por los dos que era inútil hablar.
Hubiera jurado que mirando hacia adelante podía entrar en la vida real, en la que todos se movían al compás de la materia, de la naturaleza y del aire. Hubiera pedido de rodillas entrar. Pero cerré los ojos. La vida inventada era mi única alternativa.
Patricia Bustelo
Noviembre 2011
sábado, 29 de octubre de 2011
Ocho vidas
Tenía la certeza de que en una cajita de madera pequeña, con cierre de metal oxidado, estaba guardada su esperanza.
No la quería abrir.
Da miedo la felicidad.
Conservó la cajita por años, cerrada, llevándola a todas sus casas, sus ocho casas en ocho años.
Y estaba ahí. Siempre a su lado en la mesita de noche, acomodada en un rincón. Sus ocho vidas de cristal nada tenían que ver con la cajita de madera envejecida. Sus ocho vidas repetidas, acumuladas en ocho grandes álbumes de fotos. Sus ocho vidas sin prestar, más propias que nada en el mundo, contenían a la cajita como si fueran ocho vidas de madera.
Pero no lo eran.
O todo lo contrario.
Algún día abriría la cajita, algún día pero no esa tarde.
Patricia Bustelo
Octubre 2011
domingo, 23 de octubre de 2011
Un don
Cuando tenía ocho años descubrí mi don. Mi casa comenzó a llenarse de gente que venía recomendada por otros conocidos y por otros desconocidos. Algunos lloraban al pie
del sillón a dónde yo me sentaba, los miraba fijamente y trataba de borrarme sus caras. Otros, simplemente me miraban a mí, esperando algo diferente a una niña y yo me sentía más pequeña aún, como queriendo disfrazarme de sillón, desapareciendo en él.
Mi madre había aceptado con total naturalidad mi don, sin preguntas, sin reproches y casi encantada. En cambio, mi padre, no me hablaba demasiado del tema, parecía tener cierto temor. Luego murió, repentinamente para todos, pero no para mí, y se fue con su secreto.
La tarde en que le conté a mi vecinito acerca de mi don me sentí importante. Me gustaba con locura y fue la única vez en que me sentí su centro de atención. Se había acercado a mí cuando estaba sentada en la vereda,tenía una margarita que había arrancado de una de las macetas del patio de la entrada de mi casa y la estaba mojando con el agua de la zanja. Se sentó a mi lado, casi rozando su rodilla con mi pierna, y me lo preguntó sin rodeos. Pensé muchas palabras que no lograron salir: pensé que su remera a rayas le quedaba hermosa y que su pantalón vaquero era demasiado grande para él. Se me ocurrió que su hermano mayor se lo había prestado. Tenía los ojos inmensos, el flequillo bien cortado y me regaló una sonrisa al escuchar mi respuesta. Después de tremenda confesión no tenía mucho más que decir. Él creo que se aburrió y se fue corriendo al escuchar a otros chicos que lo llamaban desde la plaza de la esquina. Me quedé con mi margarita mustia, con los pétalos ennegrecidos por el agua sucia de la zanja.
Pasaron los años y entré a la universidad de arquitectura.Me gustaba pensar los espacios, dibujar hasta altas horas de la noche y hacer maquetas. Mi madre me ayudaba con algunas cuando regresaba del trabajo. Me gustaba ese momento en silencio con ella, y trataba de no estropearlo usando mi don. Una noche, próxima a graduarme volvió del trabajo y se sentó en la cocina cabizbaja. Hacía tiempo que no hacíamos maquetas juntas. Ese día entendí que la vejez es un tipo de cansancio. Le pregunté por su día, le serví un café caliente y lo apoyé delante de ella esperando a que sorbiera. Me miró a los ojos y la abracé fuerte, despidiéndome.
Me quedé con la casa de mi madre y le hice varias reformas.Las ventanas eran inmensas y entraba mucha luz. Me gustaba sobre todo, la luz de la tarde, los sillones de pana tibio, y leer revistas de arquitectura sin prisa. En el jardín hice un patio inmenso con pérgola y todo. Le puse unas flores blancas que hacían una
enredadera tupida. Después me enamoré de la fotografía y me la pasaba sacando
fotos extrañas, recuperando detalles que sin el lente parecerían inexistentes.
Quería armar un álbum de pequeños espacios, seres vivientes olvidados, caras en
la multitud. Revivir aquella materialidad escondida ante las trascendentes
expectativas que ponían las personas en lo no material, en lo inalcanzable, y
vivir allí.
Mi primera exposición de fotografía me llegó por sorpresa.Me sentía pletórica en la sala de exposiciones del centro cultural. Me saludaban y me felicitaban mientras yo sonreía sin poder decir nada interesante. La felicidad nunca es interesante. De pronto, se me acercó un hombre joven, de pelo brillante, ojos inmensos y me saludó con familiaridad. Me quedé mirándolo unos segundos, y me dijo su nombre. Hubiera querido dejar la sala de exposiciones y sentarme en alguna vereda con zanja de agua sucia,contarle que su camisa negra era elegante, que los pantalones le quedaban
perfectos y sobre todas las cosas, confesarle que tendría muchos años por
delante de buena salud. Como aquella vez no logré decirle nada más que gracias
pero se quedó a mi lado, mirando una de mis fotografías con admiración.
Patricia Bustelo
Octubre 2011
lunes, 3 de octubre de 2011
Quién
Quién me cubrirá de hojas cuando esté muerta
Quién me pensará, discreto, sin apuro, cuando esté muerta
Quién recogerá las partes de mí, hará una manta sin fin, cubrirá mis objetos amados
Quién caminará mis calles, verá el mundo desde mis ojos, cuando esté muerta
Quién se sonreirá
Quién tejerá los telares de mi memoria en mi nombre
Cuando no esté, quiero vivir en los espacios vedados, en las conversaciones a puerta cerrada, y vibrar en la música de la tierra, resonando, hondo, y profundo como fui, sin reparos, sin límites porque cuando me muera, la música no debe dejar de sonar
Patricia Bustelo
Octubre2011
Quién me pensará, discreto, sin apuro, cuando esté muerta
Quién recogerá las partes de mí, hará una manta sin fin, cubrirá mis objetos amados
Quién caminará mis calles, verá el mundo desde mis ojos, cuando esté muerta
Quién se sonreirá
Quién tejerá los telares de mi memoria en mi nombre
Cuando no esté, quiero vivir en los espacios vedados, en las conversaciones a puerta cerrada, y vibrar en la música de la tierra, resonando, hondo, y profundo como fui, sin reparos, sin límites porque cuando me muera, la música no debe dejar de sonar
Patricia Bustelo
Octubre2011
domingo, 11 de septiembre de 2011
Dígame qué le sucede
Leía el Diario de un mal año y se desconcentraba. Había desconectado el teléfono para evitar interrupciones y estaba pensando en una buena taza de café negro cuando la tormenta se desató. En cinco minutos arrasó con todas las plantas de su balcón y con la ropa tendida. Vio volar calcetines y toallas como si fueran barriletes, repartiendo su vergüenza.
La gente corría por las calles, sorprendida por los chaparrones y poco a poco su calle se fue cubriendo de agua. Se asomó al balcón dejando que el viento le mojara el rostro, rociando su ropa, su pelo y alejando felizmente todos los planes que tenía pergeñados. Tocaron el timbre. El portero le avisaba que habían encontrado algunas de sus prendas en el balcón del piso de abajo. El vecino había recogido varios calcetines y un camisón. Bajó a buscarlos un tanto abochornada y muerta de risa al mismo tiempo.
De vuelta en su piso sintió el vértigo que tantas veces había experimentado sin motivo aparente. Dejó la ropa mojada y sucia en el suelo y se fue a caminar con botas de lluvia e impermeable.
Patricia Bustelo
Septiembre2011
sábado, 10 de septiembre de 2011
BENDITA CELIA
Debería haber bendecido el día en que conocí a Celia B. porque ella era la razón por la cual no hay que creer en la perfección de las cosas, simplificaba toda su persona, la metáfora de la resignación.
Muchas veces, equivocadamente, había querido cortar relación con Celia, sus comportamientos me perjudicaban, y por alguna razón ajena a mí nunca pude dejar de verla. Hoy siento un bálsamo reconfortante al pensar que todos estos largos años estuvo en mi vida.
Tenía esa forma suave y mortífera de abandono, esas prioridades y ese punto de vista que me llevaban a experimentar sensaciones en un abanico que recorría desde la bronca hasta el asco. Y así había cambiado mi vida. Hubo momentos difíciles, debo admitir, pero ahora cerca de mi muerte los recreo con alivio.
Me enseñó todo lo importante de la vida. El resto lo aprendí por ahí, con otros. Celia B. había sido mi maestra en la tolerancia y en la aceptación de que todo aquello que ansiamos puede no suceder y aún así seguir viviendo confiando en la próxima oportunidad.
En la habitación del hospital, (las enfermeras no paran de visitarme, regulan aparatos que tengo enchufados por todos lados), tengo una pequeña mesilla de noche y un vaso de agua fresca. Con esfuerzo, me incorporo, y lo tomo con cuidado. Me tiembla la mano. Tengo los labios secos, la garganta muda de horas en silencio. Sorbo una, dos y tres veces. Luego, como si el esfuerzo hubiera sido extremo, la mano se deja vencer y el vaso se cae al suelo, volcándose el agua, rodando hasta la pata del sillón. Lo miro rodar. Sobre el sillón hay revistas apoyadas, las visitas las van dejando. Yo voy dejando a las visitas, pero eso es una obviedad y no vale la pena aclararlo. De pronto, entra el Dr. Rodríguez. Ya desde la puerta se lo adivina serio, preocupado, diría Celia. Me hace bien pensar en cómo actuaría ella en estos momentos si estuviera allí. Seguramente me diría que estoy muy mal y que es grave aunque el resto en la habitación pusiera cara de “ella exagera”. Celia B. no morirá como yo. Está claro. Ella sólo dejará su cuerpo un día cualquiera para entrar en otro inmediatamente porque los seres como Celia son necesarios para seguir creyendo que las cosas pueden salir mal.
Patricia Bustelo
Septiembre 2011
Muchas veces, equivocadamente, había querido cortar relación con Celia, sus comportamientos me perjudicaban, y por alguna razón ajena a mí nunca pude dejar de verla. Hoy siento un bálsamo reconfortante al pensar que todos estos largos años estuvo en mi vida.
Tenía esa forma suave y mortífera de abandono, esas prioridades y ese punto de vista que me llevaban a experimentar sensaciones en un abanico que recorría desde la bronca hasta el asco. Y así había cambiado mi vida. Hubo momentos difíciles, debo admitir, pero ahora cerca de mi muerte los recreo con alivio.
Me enseñó todo lo importante de la vida. El resto lo aprendí por ahí, con otros. Celia B. había sido mi maestra en la tolerancia y en la aceptación de que todo aquello que ansiamos puede no suceder y aún así seguir viviendo confiando en la próxima oportunidad.
En la habitación del hospital, (las enfermeras no paran de visitarme, regulan aparatos que tengo enchufados por todos lados), tengo una pequeña mesilla de noche y un vaso de agua fresca. Con esfuerzo, me incorporo, y lo tomo con cuidado. Me tiembla la mano. Tengo los labios secos, la garganta muda de horas en silencio. Sorbo una, dos y tres veces. Luego, como si el esfuerzo hubiera sido extremo, la mano se deja vencer y el vaso se cae al suelo, volcándose el agua, rodando hasta la pata del sillón. Lo miro rodar. Sobre el sillón hay revistas apoyadas, las visitas las van dejando. Yo voy dejando a las visitas, pero eso es una obviedad y no vale la pena aclararlo. De pronto, entra el Dr. Rodríguez. Ya desde la puerta se lo adivina serio, preocupado, diría Celia. Me hace bien pensar en cómo actuaría ella en estos momentos si estuviera allí. Seguramente me diría que estoy muy mal y que es grave aunque el resto en la habitación pusiera cara de “ella exagera”. Celia B. no morirá como yo. Está claro. Ella sólo dejará su cuerpo un día cualquiera para entrar en otro inmediatamente porque los seres como Celia son necesarios para seguir creyendo que las cosas pueden salir mal.
Patricia Bustelo
Septiembre 2011
sábado, 3 de septiembre de 2011
Conspiración
La idea se esconde detrás de una experiencia que dejé ir
Irresuelta
Indiscreta y aún así inaccesible
La paciencia es un cigarro que está a punto de terminarse en el borde de un cenicero metálico
Aullando su final, consumiéndome en la angustia
Y la idea no llega
Me deja por otra, siempre por otra.
¿Por qué no me ama?
La idea ama a mi otro yo. El que no puedo ser.
Aullando su deseo, consumiéndome en los celos.
Intento borrarme
Me borro
NO SOY
NADIE
NADIE
NADIE
Soy una idea
Patricia Bustelo
Septiembre 2011
Irresuelta
Indiscreta y aún así inaccesible
La paciencia es un cigarro que está a punto de terminarse en el borde de un cenicero metálico
Aullando su final, consumiéndome en la angustia
Y la idea no llega
Me deja por otra, siempre por otra.
¿Por qué no me ama?
La idea ama a mi otro yo. El que no puedo ser.
Aullando su deseo, consumiéndome en los celos.
Intento borrarme
Me borro
NO SOY
NADIE
NADIE
NADIE
Soy una idea
Patricia Bustelo
Septiembre 2011
viernes, 2 de septiembre de 2011
Nadie más
Cuando terminó la conversación había perdido a su hijo.
Las semanas siguientes hizo nudos, reconociéndose, moviéndose como en bocanadas a través del pasado, repitiéndose.
Cuando terminó la conversación había perdido a su hijo.
Las horas siguientes intentó hacer espacios nuevos, lugares deshabitados. El dolor parece expandirse sin fin, ocupándolo todo por momentos. Pensó que si exploraba nuevas tierras y conquistaba nuevos territorios el dolor no llegaría allí. Las coartadas cortan filosas siempre por el lado más áspero.
Cuando terminó la conversación fue hasta el baño y se rapó la cabeza.
No había nadie más.
Nadie.
Más.
Patricia Bustelo
Septiembre 2011
Porcelana
Habíamos decidido separarnos la semana anterior durante una conversación amistosa que me dejó sorprendida. Después, tomamos café, cerrando la negociación y fuimos a la cama a dormir.
La semana había transcurrido normalmente a pesar de cualquier predicción. Me despertaba por las noches, leía un rato y luego volvía a la cama, como llevaba haciendo hacía dos meses. Pedro llenaba sus horas en el trabajo y visitando a un amigo en el hospital que había tenido un accidente de coche la noche en que conversamos sobre nuestra separación. Yo me concentraba en ese relato que no podía cerrar, como si tuviera una maldición y quedara fantasmalmente vagando como un relato errante al que hay que darle justicia para que descanse en paz. Mientras intentaba pegar el aza de una taza de porcelana, pensaba en los personajes y en cómo lograr que tuvieran un final entre lo extraño y lo raro pero sin que pareciera forzado. Había intentado cinco desenlaces posibles y todos resultaban ajenos, recortados como en un collage y pegados imperativamente sin cuidado. Cansada ya de tantos intentos, dejé la taza un momento sobre la mesa, y borré todos los archivos con las diferentes versiones. En la pantalla del ordenador, dejé el relato abierto, sin final. Lo miraba con decepción. Los dedos de las manos inmóviles frente al teclado comenzaron a ponerse fríos.
Tomé la taza entre mis manos y continué tratando de pegar el aza evitando que quedara marca visible. No sé por qué intentaba esas cosas si sabía que no era buena ni esforzándome al máximo. Pedro se encargaba de esos temas y siempre había sido así. Pero movida por algún sentimiento extraño, quizás olvidando por un momento quién era, había asumido la tarea con total naturalidad como si siempre hubiera sido la experta de los dos para esas tareas. Dejé la taza secándose y la miré. Tenía unas florecitas rosadas dispersas y dos colibríes medios despintados ya por el uso. Era de esos objetos que uno lleva consigo mudanza tras mudanza y no logra identificar cómo había llegado hasta nuestras manos. Llamé a mi madre. Sentí que había atendido el teléfono un tanto molesta, como si hubiera interrumpido algo importante con mi llamado. Le pregunté por la taza, ella no la recordaba. Insistí. Ella me aseguró que no era de mi familia, ni de la abuela, ni de ella. Le volví a preguntar, necesitaba que hiciera memoria. Ella descartó que fuera incluso de la familia paterna ya que ellos nunca habían tenido demasiados objetos y mucho menos de porcelana. Cuando iba a preguntarle por mi padre, se adelantó y dijo en un tono apresurado que tenía la comida en el fuego y que tenía que dejarme. Que luego hablaríamos, si me encontraba en casa por la tarde. No le dije nada y la saludé con suavidad, aunque por la tarde no estaría, no tenía sentido aclarárselo. Di vuelta la taza con cuidado para no despegar el aza recién encolado. Decía en letra cursiva, como escrito a mano: Made in y la letra se volvía borrosa y no se leía nada más. El círculo que encerraba la frase incompleta estaba oscurecido por el uso, de tanto apoyarla, la porcelana se había desgastado en el borde fino que dibujaba la circunferencia.
Por la noche, Pedro, me contó los pormenores del estado de salud de su amigo. Al parecer, en el hospital lo estaban tratando muy bien y estaba contento porque sabía que su amigo estaba en buenas manos. Lo noté cansado, aunque no se quejara ni una vez, ni siquiera bostezara, tenía los ojos caídos, y parecían achicársele por momentos. Noté que llevaba puesto un sweater verde que no le conocía. Me sorprendió pero no le pregunté. De pronto, dejó los cubiertos apoyados en el borde del plato y tomó con su mano la taza de porcelana que estaba en el extremo opuesto de la mesa, secándose desde la mañana. La miró con detenimiento, hizo una mueca que yo interpreté como de desaprobación y la dejó en su sitio. Retomó el relato y me comentó a cerca de la buena comida que le daban en el hospital y de la privacidad que tenía en la habitación que por la decoración y los detalles parecía de hotel. Al terminar la cena le propuse tomar un café. Me fui a la cocina, preparé media jarra y busqué dos tazas para servirlo.
El olor del café se esparcía envolviéndome, me gustaba escuchar a la cafetera trabajar, dejando caer el agua tintada de oscuro, liberando el aroma intenso del café en forma de vapor de café. Al cabo de unos minutos lo tenía servido y lo llevaba al salón donde estaba Pedro fumando uno de sus cigarrillos. Tomó un sorbo y noté el placer en su expresión. Me senté a su lado en el sillón, encogiendo las piernas para darme calor, tomando la taza entre las manos como si fuera un tazón de sopa caliente, y como si su cuerpo próximo, fuera un hogar encendido.
-Hoy llamé a mi mamá.
-¿Si? ¿Y qué te dijo?
-Nada, estaba preparando la comida y no era buen momento.
Terminó de fumar su cigarrillo y al apagarlo me besó en la frente. Luego bajó la mirada y sin decir nada caminó hacia la habitación.
Patricia Bustelo-Septiembre 2011
La semana había transcurrido normalmente a pesar de cualquier predicción. Me despertaba por las noches, leía un rato y luego volvía a la cama, como llevaba haciendo hacía dos meses. Pedro llenaba sus horas en el trabajo y visitando a un amigo en el hospital que había tenido un accidente de coche la noche en que conversamos sobre nuestra separación. Yo me concentraba en ese relato que no podía cerrar, como si tuviera una maldición y quedara fantasmalmente vagando como un relato errante al que hay que darle justicia para que descanse en paz. Mientras intentaba pegar el aza de una taza de porcelana, pensaba en los personajes y en cómo lograr que tuvieran un final entre lo extraño y lo raro pero sin que pareciera forzado. Había intentado cinco desenlaces posibles y todos resultaban ajenos, recortados como en un collage y pegados imperativamente sin cuidado. Cansada ya de tantos intentos, dejé la taza un momento sobre la mesa, y borré todos los archivos con las diferentes versiones. En la pantalla del ordenador, dejé el relato abierto, sin final. Lo miraba con decepción. Los dedos de las manos inmóviles frente al teclado comenzaron a ponerse fríos.
Tomé la taza entre mis manos y continué tratando de pegar el aza evitando que quedara marca visible. No sé por qué intentaba esas cosas si sabía que no era buena ni esforzándome al máximo. Pedro se encargaba de esos temas y siempre había sido así. Pero movida por algún sentimiento extraño, quizás olvidando por un momento quién era, había asumido la tarea con total naturalidad como si siempre hubiera sido la experta de los dos para esas tareas. Dejé la taza secándose y la miré. Tenía unas florecitas rosadas dispersas y dos colibríes medios despintados ya por el uso. Era de esos objetos que uno lleva consigo mudanza tras mudanza y no logra identificar cómo había llegado hasta nuestras manos. Llamé a mi madre. Sentí que había atendido el teléfono un tanto molesta, como si hubiera interrumpido algo importante con mi llamado. Le pregunté por la taza, ella no la recordaba. Insistí. Ella me aseguró que no era de mi familia, ni de la abuela, ni de ella. Le volví a preguntar, necesitaba que hiciera memoria. Ella descartó que fuera incluso de la familia paterna ya que ellos nunca habían tenido demasiados objetos y mucho menos de porcelana. Cuando iba a preguntarle por mi padre, se adelantó y dijo en un tono apresurado que tenía la comida en el fuego y que tenía que dejarme. Que luego hablaríamos, si me encontraba en casa por la tarde. No le dije nada y la saludé con suavidad, aunque por la tarde no estaría, no tenía sentido aclarárselo. Di vuelta la taza con cuidado para no despegar el aza recién encolado. Decía en letra cursiva, como escrito a mano: Made in y la letra se volvía borrosa y no se leía nada más. El círculo que encerraba la frase incompleta estaba oscurecido por el uso, de tanto apoyarla, la porcelana se había desgastado en el borde fino que dibujaba la circunferencia.
Por la noche, Pedro, me contó los pormenores del estado de salud de su amigo. Al parecer, en el hospital lo estaban tratando muy bien y estaba contento porque sabía que su amigo estaba en buenas manos. Lo noté cansado, aunque no se quejara ni una vez, ni siquiera bostezara, tenía los ojos caídos, y parecían achicársele por momentos. Noté que llevaba puesto un sweater verde que no le conocía. Me sorprendió pero no le pregunté. De pronto, dejó los cubiertos apoyados en el borde del plato y tomó con su mano la taza de porcelana que estaba en el extremo opuesto de la mesa, secándose desde la mañana. La miró con detenimiento, hizo una mueca que yo interpreté como de desaprobación y la dejó en su sitio. Retomó el relato y me comentó a cerca de la buena comida que le daban en el hospital y de la privacidad que tenía en la habitación que por la decoración y los detalles parecía de hotel. Al terminar la cena le propuse tomar un café. Me fui a la cocina, preparé media jarra y busqué dos tazas para servirlo.
El olor del café se esparcía envolviéndome, me gustaba escuchar a la cafetera trabajar, dejando caer el agua tintada de oscuro, liberando el aroma intenso del café en forma de vapor de café. Al cabo de unos minutos lo tenía servido y lo llevaba al salón donde estaba Pedro fumando uno de sus cigarrillos. Tomó un sorbo y noté el placer en su expresión. Me senté a su lado en el sillón, encogiendo las piernas para darme calor, tomando la taza entre las manos como si fuera un tazón de sopa caliente, y como si su cuerpo próximo, fuera un hogar encendido.
-Hoy llamé a mi mamá.
-¿Si? ¿Y qué te dijo?
-Nada, estaba preparando la comida y no era buen momento.
Terminó de fumar su cigarrillo y al apagarlo me besó en la frente. Luego bajó la mirada y sin decir nada caminó hacia la habitación.
Patricia Bustelo-Septiembre 2011
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