patito

domingo, 11 de septiembre de 2011

Dígame qué le sucede


Leía el Diario de un mal año y se desconcentraba. Había desconectado el teléfono para evitar interrupciones y estaba pensando en una buena taza de café negro cuando la tormenta se desató. En cinco minutos arrasó con todas las plantas de su balcón y con la ropa tendida. Vio volar calcetines y toallas como si fueran barriletes, repartiendo su vergüenza.

La gente corría por las calles, sorprendida por los chaparrones y poco a poco su calle se fue cubriendo de agua. Se asomó al balcón dejando que el viento le mojara el rostro, rociando su ropa, su pelo y alejando felizmente todos los planes que tenía pergeñados. Tocaron el timbre. El portero le avisaba que habían encontrado algunas de sus prendas en el balcón del piso de abajo. El vecino había recogido varios calcetines y un camisón. Bajó a buscarlos un tanto abochornada y muerta de risa al mismo tiempo.

De vuelta en su piso sintió el vértigo que tantas veces había experimentado sin motivo aparente. Dejó la ropa mojada y sucia en el suelo y se fue a caminar con botas de lluvia e impermeable.


Patricia Bustelo
Septiembre2011

sábado, 10 de septiembre de 2011

BENDITA CELIA

Debería haber bendecido el día en que conocí a Celia B. porque ella era la razón por la cual no hay que creer en la perfección de las cosas, simplificaba toda su persona, la metáfora de la resignación.

Muchas veces, equivocadamente, había querido cortar relación con Celia, sus comportamientos me perjudicaban, y por alguna razón ajena a mí nunca pude dejar de verla. Hoy siento un bálsamo reconfortante al pensar que todos estos largos años estuvo en mi vida.

Tenía esa forma suave y mortífera de abandono, esas prioridades y ese punto de vista que me llevaban a experimentar sensaciones en un abanico que recorría desde la bronca hasta el asco. Y así había cambiado mi vida. Hubo momentos difíciles, debo admitir, pero ahora cerca de mi muerte los recreo con alivio.
Me enseñó todo lo importante de la vida. El resto lo aprendí por ahí, con otros. Celia B. había sido mi maestra en la tolerancia y en la aceptación de que todo aquello que ansiamos puede no suceder y aún así seguir viviendo confiando en la próxima oportunidad.

En la habitación del hospital, (las enfermeras no paran de visitarme, regulan aparatos que tengo enchufados por todos lados), tengo una pequeña mesilla de noche y un vaso de agua fresca. Con esfuerzo, me incorporo, y lo tomo con cuidado. Me tiembla la mano. Tengo los labios secos, la garganta muda de horas en silencio. Sorbo una, dos y tres veces. Luego, como si el esfuerzo hubiera sido extremo, la mano se deja vencer y el vaso se cae al suelo, volcándose el agua, rodando hasta la pata del sillón. Lo miro rodar. Sobre el sillón hay revistas apoyadas, las visitas las van dejando. Yo voy dejando a las visitas, pero eso es una obviedad y no vale la pena aclararlo. De pronto, entra el Dr. Rodríguez. Ya desde la puerta se lo adivina serio, preocupado, diría Celia. Me hace bien pensar en cómo actuaría ella en estos momentos si estuviera allí. Seguramente me diría que estoy muy mal y que es grave aunque el resto en la habitación pusiera cara de “ella exagera”. Celia B. no morirá como yo. Está claro. Ella sólo dejará su cuerpo un día cualquiera para entrar en otro inmediatamente porque los seres como Celia son necesarios para seguir creyendo que las cosas pueden salir mal.


Patricia Bustelo
Septiembre 2011

sábado, 3 de septiembre de 2011

Conspiración

La idea se esconde detrás de una experiencia que dejé ir

Irresuelta

Indiscreta y aún así inaccesible

La paciencia es un cigarro que está a punto de terminarse en el borde de un cenicero metálico

Aullando su final, consumiéndome en la angustia

Y la idea no llega

Me deja por otra, siempre por otra.

¿Por qué no me ama?

La idea ama a mi otro yo. El que no puedo ser.

Aullando su deseo, consumiéndome en los celos.

Intento borrarme

Me borro

NO SOY

NADIE
NADIE
NADIE

Soy una idea


Patricia Bustelo
Septiembre 2011

viernes, 2 de septiembre de 2011

Nadie más



Cuando terminó la conversación había perdido a su hijo.

Las semanas siguientes hizo nudos, reconociéndose, moviéndose como en bocanadas a través del pasado, repitiéndose.

Cuando terminó la conversación había perdido a su hijo.

Las horas siguientes intentó hacer espacios nuevos, lugares deshabitados. El dolor parece expandirse sin fin, ocupándolo todo por momentos. Pensó que si exploraba nuevas tierras y conquistaba nuevos territorios el dolor no llegaría allí. Las coartadas cortan filosas siempre por el lado más áspero.

Cuando terminó la conversación fue hasta el baño y se rapó la cabeza.

No había nadie más.
Nadie.
Más.

Patricia Bustelo
Septiembre 2011

Porcelana

Habíamos decidido separarnos la semana anterior durante una conversación amistosa que me dejó sorprendida. Después, tomamos café, cerrando la negociación y fuimos a la cama a dormir.

La semana había transcurrido normalmente a pesar de cualquier predicción. Me despertaba por las noches, leía un rato y luego volvía a la cama, como llevaba haciendo hacía dos meses. Pedro llenaba sus horas en el trabajo y visitando a un amigo en el hospital que había tenido un accidente de coche la noche en que conversamos sobre nuestra separación. Yo me concentraba en ese relato que no podía cerrar, como si tuviera una maldición y quedara fantasmalmente vagando como un relato errante al que hay que darle justicia para que descanse en paz. Mientras intentaba pegar el aza de una taza de porcelana, pensaba en los personajes y en cómo lograr que tuvieran un final entre lo extraño y lo raro pero sin que pareciera forzado. Había intentado cinco desenlaces posibles y todos resultaban ajenos, recortados como en un collage y pegados imperativamente sin cuidado. Cansada ya de tantos intentos, dejé la taza un momento sobre la mesa, y borré todos los archivos con las diferentes versiones. En la pantalla del ordenador, dejé el relato abierto, sin final. Lo miraba con decepción. Los dedos de las manos inmóviles frente al teclado comenzaron a ponerse fríos.

Tomé la taza entre mis manos y continué tratando de pegar el aza evitando que quedara marca visible. No sé por qué intentaba esas cosas si sabía que no era buena ni esforzándome al máximo. Pedro se encargaba de esos temas y siempre había sido así. Pero movida por algún sentimiento extraño, quizás olvidando por un momento quién era, había asumido la tarea con total naturalidad como si siempre hubiera sido la experta de los dos para esas tareas. Dejé la taza secándose y la miré. Tenía unas florecitas rosadas dispersas y dos colibríes medios despintados ya por el uso. Era de esos objetos que uno lleva consigo mudanza tras mudanza y no logra identificar cómo había llegado hasta nuestras manos. Llamé a mi madre. Sentí que había atendido el teléfono un tanto molesta, como si hubiera interrumpido algo importante con mi llamado. Le pregunté por la taza, ella no la recordaba. Insistí. Ella me aseguró que no era de mi familia, ni de la abuela, ni de ella. Le volví a preguntar, necesitaba que hiciera memoria. Ella descartó que fuera incluso de la familia paterna ya que ellos nunca habían tenido demasiados objetos y mucho menos de porcelana. Cuando iba a preguntarle por mi padre, se adelantó y dijo en un tono apresurado que tenía la comida en el fuego y que tenía que dejarme. Que luego hablaríamos, si me encontraba en casa por la tarde. No le dije nada y la saludé con suavidad, aunque por la tarde no estaría, no tenía sentido aclarárselo. Di vuelta la taza con cuidado para no despegar el aza recién encolado. Decía en letra cursiva, como escrito a mano: Made in y la letra se volvía borrosa y no se leía nada más. El círculo que encerraba la frase incompleta estaba oscurecido por el uso, de tanto apoyarla, la porcelana se había desgastado en el borde fino que dibujaba la circunferencia.

Por la noche, Pedro, me contó los pormenores del estado de salud de su amigo. Al parecer, en el hospital lo estaban tratando muy bien y estaba contento porque sabía que su amigo estaba en buenas manos. Lo noté cansado, aunque no se quejara ni una vez, ni siquiera bostezara, tenía los ojos caídos, y parecían achicársele por momentos. Noté que llevaba puesto un sweater verde que no le conocía. Me sorprendió pero no le pregunté. De pronto, dejó los cubiertos apoyados en el borde del plato y tomó con su mano la taza de porcelana que estaba en el extremo opuesto de la mesa, secándose desde la mañana. La miró con detenimiento, hizo una mueca que yo interpreté como de desaprobación y la dejó en su sitio. Retomó el relato y me comentó a cerca de la buena comida que le daban en el hospital y de la privacidad que tenía en la habitación que por la decoración y los detalles parecía de hotel. Al terminar la cena le propuse tomar un café. Me fui a la cocina, preparé media jarra y busqué dos tazas para servirlo.

El olor del café se esparcía envolviéndome, me gustaba escuchar a la cafetera trabajar, dejando caer el agua tintada de oscuro, liberando el aroma intenso del café en forma de vapor de café. Al cabo de unos minutos lo tenía servido y lo llevaba al salón donde estaba Pedro fumando uno de sus cigarrillos. Tomó un sorbo y noté el placer en su expresión. Me senté a su lado en el sillón, encogiendo las piernas para darme calor, tomando la taza entre las manos como si fuera un tazón de sopa caliente, y como si su cuerpo próximo, fuera un hogar encendido.

-Hoy llamé a mi mamá.
-¿Si? ¿Y qué te dijo?
-Nada, estaba preparando la comida y no era buen momento.

Terminó de fumar su cigarrillo y al apagarlo me besó en la frente. Luego bajó la mirada y sin decir nada caminó hacia la habitación.

Patricia Bustelo-Septiembre 2011

domingo, 14 de agosto de 2011

HUECO

El pensamiento rueda y cae en el único hueco posible
Se esconde, ahuecando su sentido
Alrededor todo sigue, siempre sigue
El pensamiento se hace con el control del tiempo, cavando más profundo, ahuecando con palabras

Despierta en el campo abierto
Miles de verdes
Miles de matices de verdes
Durante, más verde

En la fosa, el pensamiento se apaga
En la fosa, duerme

Despierta en la ciudad circular
Circula
Circula
Girando sin parar cae en un hueco
Sin palabras se cubre de filos
Cortando el tiempo
Acortando los matices que dejan ralo todo a su paso

Patricia Bustelo
Agosto 2011

jueves, 4 de agosto de 2011

PIEL

“a Pedro Camacho personaje creador de ficción y disparador de nuevas historias”

Bajó la calefacción y abrió la ventana del salón. En camiseta de tirantes desayunó leyendo un artículo de la revista de arte que había comprado la tarde anterior. La mañana predecible se convirtió en un espacio irreal cuando la foto de Pedro Camacho, como si fuera un fantasma, se le apareció en la revista en la página principal. Sólo unos minutos después pudo pensar claramente. ¿Por qué incluirían una nota tan extensa sobre un escritor de dudosa reputación que tan mal había tratado a los argentinos (ella no había sido una excepción, y eso dolía por estar metida en la mayoría indiscriminada y por el odio que soportó por su origen porteño) en una revista de tanto renombre en el ámbito cultural de Buenos Aires? Las decisiones editoriales le parecieron caprichosas, teniendo en cuenta que en Bolivia, su tierra natal, no lo reconocían como un grande entre los grandes y que sólo en Lima tenía algo de éxito. El periodista le regalaba a Camacho elogios que hacían ver a la nota incluso más insolente. Pensó que en las revistas de cultura la ignorancia debía ser seriamente sancionada y que errores como ese no debían permitirse. En un arrebato de cólera tomó una lapicera y un papel e intentó un borrador de carta a la editorial. En la mitad de la hoja (proliferaban los tachones y una caligrafía descontrolada), resopló con furia y lanzó la lapicera por los aires. El bolígrafo hizo una pirueta mediocre y cayó cerca del zócalo justo al lado de la puerta. Su cabeza se desplomó hacia atrás, apoyándose en el respaldo de la silla con indignación. ¿Qué sentido tenía escribir esa carta después de todo? Escribirla sería delatarse y eso no entraba en sus planes. Pedro Camacho había sido un error, (sonaba a coro griego cuando lo decían sus amigas) y revelarse contra el espacio cultural que se le brindaba en Buenos Aires hubiera sido como revivir la herida, abrir la piel en los bordes finos casi transparentes de la cicatriz y trazar un nuevo tajo, profundo, para dejar ver el interior que no tiene nada más que contar nuevo sobre él. No podía hacerlo como mujer ni como escritora. Repetirse, hacerse ella misma cliché era imperdonable. Contarse tan abiertamente, desvistiendo su intimidad le causaba temor. Escribirse ella en la carta de repudio a Pedro Camacho era una locura. De pronto, su nombre se escapó y con la voz dormida de largas horas de silencio nocturno dijo: “Pedro Camacho”. Un segundo después, le pareció que sonaba ajeno, desconocido. Se sonrió y se agachó aliviada a recoger la lapicera. Reacomodándose esta vez en el sillón de pana verde, tapándose con una manta de hilo fina para sentirse protegida, le parecía todo un arrebato tonto, un impulso alocado. Se sonreía todavía cuando sonó el teléfono.

La conversación fue corta pero definitiva. No podía reaccionar, al cortar tuvo un escalofrío y sólo atinó a subir la calefacción. Envuelta en la manta de hilo parecía un beduino sin el coraje de los beduinos, sin poder enfrentar el camino hacia adelante sin mayores resguardos, sin red. La editorial la había contactado para hacer una entrevista junto a Pedro Camacho para promocionar y comparar ambos estilos literarios. El número saldría el mes siguiente y la entrevista constaría de una sesión de fotos en su casa y otra sesión de fotos y preguntas en la editorial. Estás última con Pedro Camacho para tomar algunas imágenes de “los escritores sudamericanos más prometedores juntos”. Cuando el periodista dijo “juntos” ella se estremeció. Volvió a algún punto del pasado (era un extraño espacio indefinido y desdibujado que tenía el poder de reconstruirse totalmente, poderoso en aromas y sensaciones en tan sólo un segundo por obra y gracia de algún estímulo externo desinteresado y le contaba cosas, demasiadas, como si tuviera que tomar nota y no diera a basto) y a partir de ese momento no logró más que decir monosílabos escuetos que completaron frases larguísimas del otro lado del aparato. Sin darse cuenta, el viaje al pasado había costado la módica suma de una entrevista concedida junto a él. Había dicho que sí y mirando su mano, extrañándose de sí misma, vio el papel junto al teléfono con la dirección de la editorial, la persona de contacto y una fecha doblemente subrayada por ella minutos antes que se hundía en el papel resaltándola. Sin poder ordenar ideas, se metió en la ducha, y el agua caliente y el vapor cubrieron su piel, cubriendo todo de neblina espesa.


En la editorial esperaba sentada en la recepción con un café medio quemado en mano. La secretaria le había ofrecido compulsivamente todo tipo de infusiones durante los primeros diez minutos volviéndose una carga. Accedió al café para no escucharla más sin pensar que la incansable pelirroja la acosaría luego con dos grandes opciones: azúcar o edulcorante y que la negativa a ambas destrozaría su moral y su estructura mental dejándola perpleja, envuelta en un loop repetitivo que la pondría de mal humor devolviéndola a su escritorio confusa. Ella, en cambio, revolvía el café amargo, con el palillo de plástico que parecía un mini remo y trataba de serenarse. El encuentro con Pedro Camacho merecía un poco de preparación. Resultó al final un procedimiento idiota, si se pensara bien, porque todo lo que pudo decirse a sí misma no sirvió en absoluto ya que lo sabía pensado para consolarse y de antemano vacío de verdad. La pelirroja tipeaba como quien aporrea las teclas de un piano. Quizás era una pianista frustrada usando un teclado de ordenador como altar de sacrificio. Haciendo memoria no lograba recordarla. Ni su voz era familiar, ni su cara. Había estado sentada allí mismo un mes atrás para conversar con Rodríguez sobre su ensayo y la pelirroja no existía, en su lugar, un chico tímido atendía los llamados y llevaba la agenda de los gerentes. Parecía saturada por las tareas de atender el teléfono y enviar algunos mails, colorada y sudando su frente ancha, le dio pena. Lo único que había querido hacer con cierta amabilidad era ofrecerle un café que resultó horrible e intomable e impostar una sonrisa estrangulada que le dio repulsión. La puerta se abrió y Rodríguez entró junto con dos escritores de la revista. Al verla, Rodríguez dejó la conversación y la presentó a los otros dos compañeros. La pelirroja sonreía buscando la atención de Rodríguez que con desprecio evidente se la sacó de encima haciendo un ademán de “luego”.

Los escritores eran dos columnistas que participarían en la revista del mes siguiente, en el mismo número en que aparecería su entrevista junto a Pedro Camacho. El más joven, de pelo entrecano, tenía el dedo índice amarillento de tabaco y sostenía una carpeta con recortes de diarios y revistas. Al hablar, movía las manos con rapidez y dejó caer los papeles sobre la alfombra de la recepción. La pelirroja que parecía tener un radar infalible, se abalanzó sobre los papeles para recogerlos y se los entregó en mano al canoso que los tomó con automatismo sin prestarle la menor atención. Ella la observó volver a su escritorio, colorada, pero esta vez de vergüenza y de furia, o ambas mezcladas. Supo que no podría ser feliz, todo lo que la pelirroja querría siempre tendría poco interés para el resto, y sus grandes esfuerzos resultarían irrelevantes, como si en su interior anidara una larga lista de miles de páginas de letra pequeña como los índices de los diccionarios de economía. Dejó a la pelirroja de lado empujada por la realidad de que Pedro Camacho había entrado en la recepción y ya lo estaban saludando con abrazos de masculinidad levemente exagerada tanto Rodríguez como los dos columnistas que estaban con él. Después de un caluroso recibimiento y de intentar calmar la ansiedad de la pelirroja que no dejaba de balbucear ofreciendo infusiones e interponiéndose entre él y ella, Camacho la miró a los ojos y sonrió. Sólo Rodríguez fue capaz de intuir que algo más había en ese saludo entre distante y conocido. La pelirroja eliminó la posibilidad de un silencio incómodo arremetiendo con sus ofrecimientos de té, café y gaseosas y Camacho, revelando su naturaleza intolerante, le soltó algo así como que se trajera un té, le pusiera azúcar o edulcorante, según sus preferencias, y se calmara. Que él deseaba eso más que nada, y que se lo tomara a su salud. La pelirroja indignada sin saber bien por qué, (el acento boliviano de Camacho, y esa capacidad que tenía de fijar una expresión sin expresión, secando muecas, puliendo gestos, hasta llegar al minimalismo más absoluto en donde la cara es sólo una sumatoria de los órganos y nada más la confundía), se fue velozmente hacia la cocina y se perdió en el pasillo sin música de taconeo, por la alfombra mullida.

Rodríguez los invitó a pasar a la sala de reuniones donde estaban esperándolos Juan Etchepare, (como si fuera una escena repetida abrazó a Camacho dándole fuertes golpes en la espalda confundiendo por momentos un saludo lleno de cariño con una golpiza gratuita) con quien había contactado por teléfono semanas atrás y un fotógrafo demasiado preocupado por la colocación de las luces como para saludar más que con un movimiento de cabeza escueto. Etchepare sonrió y levantó el teléfono para pedir unas botellas de agua mineral y unos vasos. Camacho hizo una humorada acerca de la pelirroja y de que Etchepare no tenía perdón por desafiar a Dios despertando a las bestias sin motivo. Juan, sin lograr comprender el origen del comentario hacia la secretaria de recepción, sonrió cordialmente pero con los ojos confusos. Todos se rieron festejando la ocurrencia de Camacho, incluso ella, que ocupaba su mayor cantidad de energía en evitar las imágenes del pasado que Camacho había disparado con su aparición.

La entrevista la sorprendió ya que fue un espacio de encuentros contrariamente a lo ella había esperado. La luz y las numerosas fotografías la habían tensionado al principio pero anestesiada por los clics se dejó llevar sin resistencia a lo largo de las preguntas que había programado Juan y al final eso la había hecho aparecer como auténtica, graciosa y fresca en sus respuestas. Camacho había estado amable y distante, exhibiendo cierto orgullo y olvidando los agravios realizados en el pasado en cientos de entrevistas y ensayos a los escritores argentinos, a la cultura argentina, a todo lo que se definía como argentino. Si el pasado no existía para Pedro, ella tampoco. Eso justificaba su actitud para con ella desde el comienzo de la sesión. Borrando toda su culpa, liviano de memoria, le pareció un muñeco insensible, cínico, dejándola en un lugar diferente, que ya no podía llamarse pasado, que había que definir nuevamente, y que dolía pensar incluso. Los encuentros intelectuales, sobre todo las lecturas coincidentes de algunos autores norteamericanos, ayudaron a suavizar el momento. Etchepare propuso cerrar la sesión exitosa tomando una copa y todos se apuntaron menos ella que inventó un compromiso previamente acordado que no podía anular. Camacho pulsó el botón del ascensor y tomó la iniciativa. Con su pantalón de corderoy marrón y el bolso de cuero gastado lo veía como a un vendedor ambulante, un profesor de filosofía, un psicólogo de mediana edad pero nunca como un escritor. Un padre de familia, un cura de civil, un arquitecto o un comerciante de la capital, pero nunca como un escritor. La capacidad reducida del ascensor los obligó a entrar por grupos y Camacho cerró la puerta tras ella cuando Etchepare intentaba subir. Se miraba en el espejo, arreglando la solapa de su chaqueta y ella miraba hacia el suelo, apoyando el peso del cuerpo alternativamente en la pierna derecha o en la izquierda.

-Pensé que no ibas a venir, cuando me dijeron que habías aceptado me quedé sorprendido.

Ella apoyó el peso de su cuerpo sobre su espalda, y luego contra el espejo del ascensor.

-No puedo creer que estos me hicieran semejante homenaje después de todo lo que he dicho en el pasado.

Ella lo miró buscando algún gesto, y él dejó de mirarse al espejo. Ella se concentró en la piel color de bronce, rastreando algún rasgo del tiempo, signos como arrugas. Tenía los ojos enormes, redondos y marrones, conservaba eso de personaje bello de Silvina Ocampo, repitiéndose como están condenados a hacer los personajes, intactos, predecibles de pura amabilidad con el lector, trozos de tierra sin dimensiones.

-Si al final tengo razón, les pegas y les gusta, ¿son o no son unos idiotas los argentinos?

El ascensor se detuvo y ella caminó con decisión hacia la parada de taxis, dando vuelta a la esquina sintió que Pedro Camacho la miraba, no se dio vuelta y levantando la mano paró un taxi que estacionó pegado al borde del cordón de la vereda.

Patricia Bustelo
Agosto 2011

viernes, 1 de julio de 2011

Nuestra vida

Con desproporción evidente, habíamos combatido todo tipo de tormentas más o menos inventadas. Con la misma desproporción o desmesura, como diría Irene, habíamos sorteado caminos aparentemente peligrosos aunque no fuera más que una idea de peligro.

La posibilidad del daño, el daño propio, el daño que puede sufrir el otro amado, era nuestra única preocupación. Los demás permanecían callados, expectantes, como si nuestra vida, la de Irene y la mía, fueran parte de un espectáculo de azar, como de esos shows de magos extranjeros que hacen trucos increíbles.

Teníamos una casa en las afueras, tal como habíamos siempre querido, la casa de la montaña, cerca del pueblo de Irene, tal y como ella siempre había querido y un coche de colección como siempre había deseado. Teníamos nuestra vida. Los demás permanecían callados, vaya a saber por qué, pero lo hacían. Hubo un tiempo, confieso con cierta vergüenza, en que pasaba todas las noches antes de cerrar los ojos pensando por qué los demás callados nos hacían sentir diferentes, por qué nos juzgaban sin darnos tregua. Cuando el procedimiento había comenzado a obsesionarme se lo comenté a Irene y rápidamente ella me ayudó a dejarlo ir.

-No te aflijas, amor. Los demás siempre estarán en desacuerdo con lo que hagas, hagas lo que hagas. ¿Para qué mortificarte así por gente que no te conoce?

Todavía recuerdo la sensación de alivio inmediato. Como si alguien hubiera venido corriendo a toda velocidad hasta mí retirando con sumo cuidado piedras enormes y dejándome salir del hueco. Esa noche dormí mejor que en mucho tiempo, sin embargo Irene, por una extraña causa que todavía no logro entender comenzó el procedimiento opuesto y se volvió una adicta a las pastillas de dormir. Me preocupó tanto su estado que acudí a consultar a varios especialistas con ella y leí todo tipo de bibliografía sobre el tema. Aparentemente, Irene no tenía nada físico o biológico que pudiera causar el mal. Me dolía verla adormecida en todos lados y a toda hora. Me daba miedo que condujera en ese estado de semi vigilia permanente. Irene, obediente, accedió y sin remedio tomaba las pastillas para dormir cada noche. Me intrigaba saber qué hacía cuando en medio del silencio nocturno se desvelaba, pero nunca le pregunté por miedo a que hablar de su desvelo le causara más problemas. Ella solía tener los ojos abiertos cuando sonaba el despertador. La miraba unos segundos, su belleza intacta, su cabello perfectamente peinado, el camisón sin arrugas, y preparaba el café.

Los Smith Suárez nos invitaron a su fiesta de aniversario en la casa del campo. Irene estaba ilusionada preparando su vestido y planificando su maquillaje y peinado. Yo era feliz viéndola tan animada. Esa noche lucía radiante, me pareció revelarla, como si fuera un negativo pequeño que se abría en colores a una vista panorámica espectacular. Lustré el coche y le cambié el sobrecito del ambientador para que ella al entrar no perdiera encanto. Habíamos comprado un jarrón chino en una casa de decoración del centro. Irene hablaba del jarrón como nunca la había escuchado hablar de nada antes. Pensé que si ella podía ser tan feliz a pesar de su problema, no tenía que preocuparme más.

En la fiesta, los homenajeados estaban rodeados de amigos, divorciados o de parejas amargadas que hacían que ellos destacaran aún más. Sus sonrisas eran absolutamente de postal. Recortables, e imaginé cómo las otras parejas esa noche tomaban unas tijeras filosas y se intentaban llevar parte de ese botín. Irene me acercó una copa de vino tinto y lo saboreé con placer. Me besó en los labios, me apretó junto a ella y me dijo que me amaba. A los Smith Suárez les encantó el jarrón chino y se pasaron toda la noche haciendo comentarios halagüeños acerca de nuestro regalo. Irene no se separó de mí en toda la noche, me sentía pletórico, completo. De vuelta a casa, Irene estaba callada, adormecida. Abría y cerraba los ojos intermitentemente como una luz de giro, como la llama basculante de una vela. Sentía ternura por su cansancio mientras me concentraba en la carretera que estaba húmeda por la brisa de la noche. Los coches iban a velocidad, en dirección contraria, y llegando al portal, miré a Irene dormir profundamente, resoplando levemente, elevando y descendiendo su diafragma con delicadeza automática. Aparqué el coche en el garaje y con el mayor cuidado le toqué el brazo queriendo despertarla. Irene no respondía. Lo intenté nuevamente. Seguía durmiendo. La sacudí apenas y ella no reaccionó. Acerqué mi cara a su boca y sentí su respiración tibia, la temperatura de su cuerpo adormecido y me quedé en el coche, esperando a que despertara.

Patricia Bustelo
Junio 2011

miércoles, 29 de junio de 2011

DEVENIR

Descubrí que mordía la manzana con cierta indiferencia mientras yo no hacía más que intentar buscar las palabras exactas, tratando de explicarle. Me desconcentraba el procedimiento prolijo, meticuloso y me metía en su inercia. Probé callando. El silencio no cambió nada en absoluto. Sería la última vez, pero los finales siempre son diferentes. Los mordiscos se sucedían sin cesar. Comencé a llorar. La habitación tenía esa luz de la tarde que se va yendo y podía ver algunas sombras en las paredes que hacían de almas de los objetos, fantasmas inmensos por momentos, haciéndome llorar aún más. Pensé que si me movía, me ponía el abrigo y me iba sería igual. Lo hice.

En la calle, la gente apretaba sus bufandas contra la garganta, fumaba, iba ligero hacia su vida. Mis pasos eran tan pesados, casi no podía levantar los pies del suelo. Frente a la parada del autobús encontré a un chico vendiendo flores. Comprè un ramito de flores blancas. Las florecitas apretujadas por un hilo que de tan tenso parecía asfixiarlas. El viento frío me rozaba la nariz y las orejas que tenía momificadas. Al acercarse el autobús a la parada, las florecitas pedían salir y escapar. Las imaginé volando como palomas, como si los pétalos pudieran aletear. Corté el hilo con decisión y las dejé ir.

sábado, 7 de mayo de 2011

EL MAGO

No me gustan las discusiones. Punto- dijiste medio sonámbulo, caminando hacia la cocina en busca de un vaso de agua.

Yo, que estaba despierta aún cuando vos dormías sereno, (como si siempre hubieras estado durmiendo, aún cuando estás despierto) me tapé con la frazada hasta cubrir por completo mi cabeza. Sentía cómo se concentraba el calor, armando un universo a mi medida, en la cama inmensa. Escuché cómo apoyabas el vaso en la mesa, el líquido vertiéndose. Son las ventajas de la noche, se revela hasta el detalle más insignificante. Creí imaginarte apoyado en el borde de la mesa, inclinándote, medio dormido, sorbiendo el agua, saboreando todavía tus palabras llenas de rencor. Luego, tus pasos que volvían hacia la habitación. No quería descubrirme la cabeza. Pensé que si me mirabas fijo me convertirías en Medusa.

Te metiste dentro de las mantas automáticamente. Antes de apagar la luz creí que ibas a decirme algo, quizás a preguntarme dónde estaba. Sólo se escuchó un leve click y mi universo acotado pasó a ser átomo dentro de la oscuridad.

Patricia Bustelo
Mayo 2011